Sólo somos chilenos, señor, dijo, inocentes, inocentes. Lo dijo fuerte y claro, sin que la voz le temblara. Todos, por supuesto, lo oímos. Algunos se rieron. A mis espaldas escuché unas tallas en donde se mezclaban la picardía y la blasfemia. Me di la vuelta y busqué con la mirada a los que habían hablado. Los rostros de los presos y de los carabineros giraban como en la rueda de la fortuna, pálidos, demacrados. El rostro de Norberto, por el contrario, permanecía fijo en su eje. Era una cara simpática que se estaba hundiendo en la tierra. Una figura que a veces daba saltitos como la de un infortunado profeta que asiste a la llegada del mesías largamente anunciado y temido. El avión pasó rugiendo por encima de nuestras cabezas. Norberto se agarró de los codos como si se estuviera muriendo de frío.

Pude ver al piloto. Esta vez obvió el saludo. Parecía una estatua de piedra encerrada dentro de la carlinga. El cielo se estaba oscureciendo, la noche no tardaría en cubrirlo todo, las nubes ya no eran rosadas sino negras con filamentos rojos. Cuando estuvo sobre Concepción su figura simétrica era semejante a una mancha de Rorschach.

Esta vez sólo escribió una palabra, más grande que las anteriores, en lo que calculé era el centro exacto de la ciudad: APRENDAN. Luego el avión pareció vacilar, perder altura, disponerse a capotar sobre la azotea de un edificio, como si el piloto hubiera desconectado el motor y diera el primer ejemplo del aprendizaje al que se refería o al que nos instaba. Pero esto duró sólo un momento, lo que tardó la noche y el viento en desdibujar las letras de la última palabra. Luego el avión desapareció.

Durante unos segundos nadie dijo nada. En el otro lado de la cerca escuché el llanto de una mujer. Norberto, con el semblante tranquilo, como si no hubiera pasado nada, hablaba con dos reclusas muy jóvenes. Tuve la impresión de que le pedían consejo.



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